La donna è mobile![]() "Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio." LCiudadesInvisibles, ICalvino |
Con final felizLa semana antes de mi matrimonio, siguiendo una tradición que se ha mantenido viva durante muchos años, mi prometido y yo visitamos la casa Tanaka. Es costumbre ir a ver a la señora de la casa y que sea ella quien bendiga la unión. Recibe postrada sobre la cama, inexplicablemente joven y vestida únicamente con un vestido de tafetán rojo. Tiene ciento treinta y dos años. Cuando entramos en la casa, que es atendida por las viudas del pueblo, sentí un escalofrío. Qué frío hacía allí dentro. Aún así, nos impresionó muy gratamente el estado en que encontramos no sólo el mobiliario, si no el ambiente general. Una vieja conocida, la madre de mi amiga Beatriz, con un protocolo que nos resultó chocante, nos condujo a la planta superior donde se encontraba la habitación del ama de la casa. Nos acompañaban otras señoras que no conocía pero que hacían muy bien su papel. Mientras subía los escalones, concurrieron a mi memoria muchas canciones de cuando era niña y tarareé aquella coplilla que cantábamos para jugar a la cuerda, "vestida de rojo su señor espera / dormida y sola a su amor vela", que no me pude sacar de la cabeza hasta que cruzamos el umbral de la puerta. Apreté la mano de mi prometido y nos acercamos a la cama. Doña Beatriz tomó asiento y comenzó a hablar: "Cuentan que un joven llegó a nuestro pueblo hará algo más de cien años. La señora Tanaka y él se conocieron y se enamoraron, sin más. Perdidamente y de una forma especial como nadie había visto jamás, fundidos como los fuegos de artificio y el cielo, como se aman un hombre y una mujer. En los ojos de ambos se leía una felicidad que irradiaba locura. Sonreían por puro placer, por pura inconsciencia. Se amaban locamente, no tenían reparos en demostrarlo. Hacían felices a quienes les veían, contagiaban felicidad, paz, armonía y muchísima dulzura. Durante algunos años vivieron en esta casa, hasta que él la dejó. Y ella, que quedó así, rota, ingrávida y sola, le espera eternamente. Los prometidos que con un pañuelo recogen una de sus lágrimas, glorifican su amor para siempre." Se trataba de una mujer aparentemente de mi edad, y sólo puedo decir que me pareció hermosa. Muy hermosa. Y que sufría mucho, de un modo dulce. Miraba hacia la nada como si viviera en sueños, y deseé que nada malo le estuviera sucediendo. Me dieron ganas de protegerla, de abrazarla, imaginé que podría aquietar su angustia. Se la veía tan triste. Tan triste. Alejándome de toda racionalidad me involucré en la magia y comulgué con el conjunto. Saqué mi pañuelo y secamos una de sus lágrimas. Lágrimas que parecían brotar desde el centro mismo de la tierra, lágrimas que pesaban como demonios, que llegaron a dolerme a mí misma y que no aliviaban el dolor de aquella espera. Las recogí con respeto pero absolutamente trastornada. Cuando salimos de la habitación y pisamos la calle, sentí como si hubiera estado soportando el peso de un saco de arena sobre mis pulmones, miré a mi prometido, me abracé a él con todas mis fuerzas y me sostuvo, en silencio, apretándome de tanto en tanto. Lloré en su pecho de rabia y de pena. Mucho rato. La boda se celebró según lo previsto. Fue preciosa. Me honra decir que todos los que acudieron la recuerdan como una de las más bonitas y sencillas. Pero me costó recuperarme de aquella casa, de aquella historia. El amor y la espera de aquella señora, su inmortalidad, el ardor de sus lágrimas. El shock dio paso a la alucinación, la alucinación a la curiosidad, la curiosidad al Registro Civil, el Registro Civil a datos, los datos completaron la historia, y la historia arrojó la verdad. Conocí el nombre de ambos, los datos de su unión matrimonial, la fecha. Seguí la pista de él, la seguí hasta dar con su nombre en el Registro de la Propiedad de la gran ciudad. En el Registro Civil. Encontré datos de una segunda boda, y di con la reseña de ésta en el periódico local con una fotografía del evento en sus notas de sociedad. Se besaban. Se besaban. Se besaban y ella lloraba. Se besaban y casaban mientras ella lloraba y esperaba vestida de tafetán rojo. Finalmente encontré su esquela. Llevaba cincuenta y seis años muerto. Me parecía necesario regresar a la casa y contárselo a ella. Me parecía justo que dejara de sufrir, necesitaba aliviarla y separarla de aquella angustia. Al fin había descubierto una verdad que la haría descansar en paz. Y pensar que se besaban. Y ella llorando vestida de tafetán rojo. Mi marido decidió acompañarme, juntos le diríamos, aún en sueños, la horrible verdad. Alguien estaba en deuda con ella por las bendiciones que había prodigado hacia nuestro pueblo. Alguien se lo debía. Debían contárselo y quise ser yo quien lo hiciera. Pedí a doña Beatriz que me dejara subir de nuevo a la habitación. Me acerqué decidida, le tomé la mano. Comencé suavemente con la historia pero gradualmente la rabia se fue apoderando de mí y me crecí. Descompuesta le estrechaba la mano mientras con la otra le pasaba por la cara folio tras folio que mi esposo me alcanzaba. Le conté todo, de principio a fin, y sentí un gran alivio al hacerlo. Cuando me volví hacia Doña Beatriz, sonreía, y mientras le ahuecaba los almohadones a la señora Tanaka se volvió y dijo para mi vergüenza: "¿Y tú crees, niña, que con todo eso matarás lo que ella siente?" Sábado, 15 de Enero de 2005 17:02. [ + ]. Tema: A golpe de tecla. Comentarios » Ir a formulario |
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